Crónica: Marcela Sabat, muere una estrella

Septiembre 30th, 20099:55 pm @ Sebastián Lehuedé

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Imagina que eres rubia y estudias Derecho en la Finis Terrae. Es difícil. Tus amigos lana te molestan, pero tú te concentras en sacar la carrera rápido  y dedicarte a lo que en verdad te gusta: el servicio público. O a ir a las juntas vecinales y recorrer el distrito con tu papá, el alcalde, que es lo que tú entiendes por servicio público.

Imagina que quieres ser diputada, pero no te sientes preparada. Hasta que te llaman del partido político en el que militas. Marce, te dicen, ahora puedes subirte. Por qué, preguntas, sorprendida, indecisa. Porque el otro que iba se bajó, te dicen, o lo bajaron, lo que es lo mismo. Nuestros compañeros de coalición no quieren peces gordos, así que te elegimos a ti. ¿Y por qué a mí?, preguntas. Porque creen que no tendrás tantos votos, pero yo sé que se equivocan, Marcelita, y que tú demostrarás que no es así.

Imagina que vas donde tu papá, que fue alcalde designado de la comuna por primera vez hace 22 años (cuando tú eras tan chica que ni te acuerdas, aunque después vino la democracia y, para ti, su elección significó estar legitimado). Tu papá te dice que lo intentes, que no tienes nada que perder.

Y te proclaman. Empiezas a aparecer en los diarios.

Hasta que un día te llaman de un canal de señal abierta para participar en un programa de debates.

A veces te acuerdas del consejo que te dio Lily: "Es difícil sacarse el estigma, pero esfuérzate el doble".

Sabes por dónde te atacarán: hace unos días te han estado siguiendo con una cámara mientras recorres las ferias en búsqueda de votos y te han grabado bailando y pidiendo votos de la gente humilde. Lo que no tiene nada malo, claro, pero sí es un arma que pueden usar en tu contra. Tu belleza. Y tu padre. Las dos cosas. ¿Por qué eres candidata, porque eres bonita o porque eres “hija de”?

Pero no importa. Te atreves. Lo anuncias por tu Twitter. La gente te respalda, te dices que lo harás estupendo. Que brillarás como la estrella de tu partido.

Y aceptas.

El día del programa te sientas en el set con tu chaqueta blanca -que no podría verse tan bien si estuvieras un poco más gorda- y acaparas la atención de todos con tu sonrisa y ojos ingenuos. Todos se preguntan quién eres, de dónde apareciste y cómo decidiste o quién te aconsejó debatir con peces tan gordos como Jorge Burgos o Rodrigo Álvarez.

Por supuesto, la nota con la que te presentan es como te esperabas. La miras con rabia. Te gustaría que hablaran otras cosas de tí, pero qué le vas a hacer, así son los medios, ya te lo había advertido tu padre. No te vas a poner a reclamar en el set, sería como armar un escándalo. Así que prefieres mantener tu sonrisa y defender tu candidatura.

Constanza Santa María te pregunta directo al hueso: al lado tuyo tienes un abogado de la Católica, máster en Harvard y Doctor en la Universidad de Navarra. ¿Por qué elegirte a ti, abogada de la Finis Terrae? ¿Tienes algo más en tu currículum además de ser hija de?

Y tú empiezas a hacer memoria.

Primero: reconocer que es un problema tuyo. Y lo haces.

Segundo: él también comenzó siendo joven.

Tercero: hablar bien de tu papá.

Cuarto: ya no te acuerdas. Pero hablas de las comunas. Cuando quieres empezar a enumerar sus problemas, te das cuenta de que los has olvidado. No están en tu cabeza. ¿Cuáles eran los problemas de Ñuñoa que yo que he vivido allí conozco y este señor Álvarez no? ¡No me acuerdo!

Perdiste. Te dieron la oportunidad y no la aprovechaste. Tu papá te va a retar.

Pero esto recién comienza.

Hasta que te hacen enfrentarte al otro, que te juega chueco.

Te hace una pregunta intencionada: quiere que digas que votaste por él, pero no lo vas a decir. Intentas mantenerlo en secreto hasta que… ¡lo dice! ¡No se vale! ¡Jorge Burgos es un tramposo! 2-0 contra mí por culpa de estos señores.

Pero no importa, te dices, la política no es lo mío. Lo tuyo es la gente. Al menos eres optimista, así que crees que todavía tienes posibilidades.

Y ahora vienen las preguntas del público. Las quieres aprovechar al máximo.

¿Matrimonio homosexual? ¿O heterosexual? ¡Cómo se decía!, te preguntas, ¡cuál era el de dos personas del mismo sexo!

No importa, dices las dos y así no puedes equivocarte. Lo malo es que hayas elegido justo a ese joven. Lo debiste haber notado antes, cuando lo miraste, pero fue el único que levantó la mano así que no tuviste otra oportunidad.

Y, cuando terminas de decir la respuesta, te das cuenta de que no era lo que tenías que decir. ¿Por qué decir que no estás a favor del matrimonio si no te lo preguntaron así? ¡Auto gol, de nuevo! 3-0 contra mí. Nada te está saliendo bien hoy.

Pero después vienen más preguntas de la gente. Y ya estás acostumbrada a eso, no a los debates serios: te has sacado la cresta con tu padre recorriendo cuanta organización comunal haya, lo que, sientes, te ha dado la experiencia necesaria para saber responder lo que tú quieras.

Ahí vamos. Elijamos a ese que tiene cara de inocente.

¡Justo!, piensas, ¡lo había leído antes de salir! Ley de Propiedad Intelectual, estabas segura de que te lo preguntarían. Sabes que en internet hay muchos sitios que hablan de eso. Estuviste a un click de profundizar más sobre el tema, pero no lo hiciste. ¡Por qué! Y lo recuerdas: porque tu papá te dijo que esas tonterías no servían para nada, que lo importante era la organización comunal, las bases, el agua potable y el gas.

Pero ya está. Dices lo que puedes.

Eres honesta, eso es algo. Los políticos no son honestos pero tú sí. Eso te distingue. No tienes pudor de declararte ignorante. Así era Sócrates también.

Punto. Termina el debate.

Llegas a tu casa y toda tu familia te felicita. Te están esperando con una torta. La comen alegre analizando punto por punto el debate, pero estás ansiosa por entrar a internet. Por ver qué dicen tus amigos twitteros.

Cuando abres tu Twitter, te encuentras con que han creado el hashtag de #chiledebate. Y que ellos no encuentran que lo hayas hecho tan bien como creían tus papás. ¡Qué es esto!

tweets

Y ahora sí que quieres echarte a llorar, porque no es justo.

Pero ya tienes claro de quién es la culpa.

No debiste haberlo arriesgado todo. No debiste haber retirado de tus ahorros ese capital político futuro, debiste haber esperado a las municipales, a que tu papá se jubilara o que quisiera dejar el cargo, pero no, él te dijo que lo hicieras, que fueras candidata, que fueras al debate, y ahora lo entiendes todo: que tu papá nunca se querrá jubilar, que la alcaldía nunca será tuya, que a tu papá le da miedo que ensucies su apellido, que no tiene confianza en dejarte las obras que tanto le costaron, que prefiere que lo embarre todo un desconocido y que su apellido permanezca como un legado en la historia ñuñoína.

Fuente de los videos: Canal 13

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